
Me refería hace un tiempo en un post, ”Like
a virgin, in brave new world?”
a un libro de Aarathi Prasad, “Like a virgen. How Science es redifining
the rules of sex”, en el que la autora predice un futuro cercano en el que las
mujeres no sólo podrán tener hijos sin tener relaciones sexuales, como ya es
posible a través de la donación de esperma y la fecundación in vitro, sino que lo
podrán hacer sin tener que experimentar su embarazo, es decir, sin gestación,
como en esa distopía narrada por Aldous Huxley en “Un Mundo Feliz” (“A brave
new world”), para la que faltaba precisamente eso, el útero artificial, porque
como decía en esa entrada, y perdón por la auto-cita, “si bien es cierto que
ya teníamos los vientres de alquiler, claro, no es lo mismo, sobre todo si se
consiguiera crear un modelo de útero portátil que pudiera colocarse
en el salón del hogar, en el que se podría cuidar al embrión como si fuera un
“tamagochi”, haciendo realidad los deseos de tantas personas, de cualquier
sexo, sean pareja o no.”
Pero claro, mientras que ese maravilloso futuro se hace
gozoso presente algo hay que hacer para satisfacer la pulsión consumidora de
quienes se creen con derecho a ser padres, y para eso existe la “gestación
subrogada”,
por sustitución o por cuenta ajena, o “donación temporal de útero”, como les
gusta llamarla a los implicados en tan lucrativo negocio y a sus clientes, una
terminología políticamente correcta que trata de encubrir lo que es en realidad
algo más sórdido, el alquiler de vientres o úteros; y es que es eso, un proceso
por el que una mujer acepta, normalmente a cambio de un precio que oscila entre
los 4.500/7.500 € si vive en Tailandia o la India, o 45.000 € si es en USA
(aunque el coste total está en torno a 45.000 € en los primeros, o 100/200.000
€ en USA) que se le transfiera a su útero el embrión previamente engendrado
mediante fecundación in vitro por otra persona o pareja, con el fin de quedar
embarazada de dicho embrión, gestarlo a término y parirlo en sustitución de la
mencionada persona o pareja.
Por supuesto es un problema jurídico, porque es ilegal en
la mayoría de los países de la Unión, pero el TEDH (Sentencia de 26/06/2014, asuntos Mennesson
y Labassee) condenó a Francia y declaró contraria al Convenio Europeo de DDHH
la negativa a reconocer la filiación a los hijos nacidos de vientre de
alquiler, por el perjuicio que para “el interés superior del menor” suponía que
no se le reconociera en Francia una filiación reconocida en el extranjero; un
argumento este rechazado por nuestro TS (STS núm. 835/2013, de 6 de febrero)
como medio de obtener – imponer - un resultado contrario a la Ley, a la que el
juez está sometido, por lo que nos puede ocurrir como a Francia.
Y también es un problema político, y si el Ministro de
Justicia, Rafael Catalá, anunciaba el pasado diciembre que el PP presentaría
una enmienda a la reforma del Registro Civil para que acogiera la
inscripción de los nacimientos por “vientre de alquiler” en cumplimiento de esa
doctrina del TEDH, el pasado mayo el PSOE presentó una enmienda para prohibir
la publicidad de la gestación subrogada, muy agresiva en Internet – se ofrecen
incluso seguros de cancelación, por si cambian las circunstancias personales de
los contratantes, como un despido laboral, la separación de la pareja, etc.,
garantizando la devolución del precio, obviando que para entonces ya hay un
niño en camino, aparte la madre que lo porta -, aunque finalmente, por las
fuertes presiones de algunas asociaciones, en particular del lobby LGTB,
procedieron sumisos a su retirada.
Pero es sobre todo un problema humano, ético, moral, de dignidad y de libertad, y no es sencillo,
porque lo cierto es que el niño existe, está ahí, y no puede quedarse en el
limbo, merece una nacionalidad, por supuesto, y necesita que alguien se declare
responsable de protegerlo y sacarlo adelante, claro, pero esa es precisamente
la trampa / chantaje que utilizan las parejas – homosexuales o heterosexuales –
para que los Estados cedan a sus deseos y terminen por regularizar el status
del niño, presentándolo como un hecho consumado; y lo cierto es que las madres
que alquilan su útero para satisfacer los deseos de otras parejas también están
ahí, existen, y por mucho que se afirme que actúan libremente y que nadie las
obliga ¿acaso no lo hacen por ellas las circunstancias? ¿Acaso una mujer que
está en una situación económica difícil es realmente libre para adoptar tal
decisión?
Y aunque así fuera, estamos ante un supuesto extremo de mercantilización
capitalista del cuerpo humano que repugna, un supuesto en el que relaciones y
vidas humanas se rigen por un contrato asimétrico, en el que el
comprador-consumidor tiene la posibilidad de asegurarse el desistimiento, si
finalmente no quiere el producto, porque han cambiado sus circunstancias
personales, o porque, habiendo escapado al aborto eugenésico, el niño no tiene
la calidad requerida, mientras que es difícil que la madre de alquiler pueda
hacer nunca tal cosa porque, además de que se le podría exigir legalmente el
cumplimiento del contrato, difícilmente podría nunca devolver el dinero
invertido en este proceso que, en algunos países, implica su “estabulación” al
objeto de controlar su alimentación, seguimiento médico, y todo el proceso hasta
el nacimiento.
A este respecto, por ejemplo, un poderoso colectivo
feminista sueco, “Sveriges Kvinnnnolobby”, ha rechazado categóricamente la
maternidad subrogada e instado a su gobierno a que prohiba tal práctica,
advirtiendo de que…
“Allowing surrogacy is to make use of women’s
bodies and reproductive organs for the enjoyment of someone else, to the
detriment of the woman herself. We premiere the right to bodily integrity and
fundamental human rights over the right to children, which is in fact not a
human right, but has been treated as such in the discourse on surrogacy. We
renounce the view of a liberal market- approach to surrogacy and the right of
the paying buyers which are [privileged] whilst women’s rights are negotiated.
“ … we are seeing a trend towards a dismantling of
these fundamental rights in favor of the will and want of individuals to become
parents in the name of their individual fulfillment. The issue of surrogacy has
been treated within the discourse of reproductive rights and the means of
childless parents to have a baby, when the human rights perspective is the only
plausible in dealing with this issue. We find that the current investigation in
Sweden is being issued on the wrong grounds and that the set of voices that are
asking for an investigation are lacking a human rights perspective. We
therefore call on the Swedish government to forbid surrogacy motherhood.
“An end needs to be put to the industry of
surrogacy that reduces the female body to a container! Having a feminist approach
to surrogacy means rejecting the idea that women can be used as containers and
their reproductive capabilities can be bought. The right to bodily integrity is
a right which should not be able to be negotiated by any form of contract. No
matter the regulation or the nature of the contract, it still remains a trade
with women’s bodies and with children. The rights of women and children, not
the interest of the buyer, must be the focus of the debate surrounding
surrogacy.”
En definitiva, denuncian que en la maternidad subrogada se
parte desde la perspectiva equivocada de los derechos de reproducción y del
derecho a la realización individual, violando a cambio los derechos humanos de
las mujeres, que quedan reducidas a simples “contenedores”, a lo que habría que
añadir, y añado, que también de los niños, y que tanto da si el vientre de
alquiler es de pago, o media una compensación “razonable”, o es altruista,
porque el problema no es solo la mercantilización en forma de explotación
capitalista de unos seres humanos por otros, que también, sino la cosificación
de los seres humanos, en esta caso de una mujer, que es vista como un
“contenedor” – como tan gráficamente denuncia esta asociación feminista -, del
niño que lleva en su seno, que debe cumplir unas expectativas de calidad
adecuadas a la inversión de quien busca satisfacer un supuesto derecho a la
paternidad, y también de los embriones que se han quedado por el camino,
descartados en el proceso de fecundación in vitro.
Como recordaba el Papa Francisco en su Encíclica, “Laudato
si”, “cuando el ser humano se coloca a sí mismo en el centro, termina dando
prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales, y todo lo demás se
vuelve relativo, …todo se vuelve irrelevante si no sirve a los propios intereses
inmediatos. …La cultura del relativismo es la misma patología que empuja a una
persona a aprovecharse de otra y tratarla como mero objeto, obligándola a
trabajos forzados, o convirtiéndola en esclava a causa de una deuda. Es la
misma lógica que lleva a la explotación sexual de los niños, o al abandono de
los ancianos…”; y es la misma lógica, patológica, que lleva a la existencia de un
mercado de alquiler de vientres que no muestra sino el poder de unos hombres
sobre otros, que son tratados como objetos con el fin de satisfacer el deseo egoísta de
los primeros.
Es difícil, sí, pero es una cuestión de principios y de
dignidad humana que no pueden quedar encomendadas a las “fuerzas invisibles del
mercado”; algo habrá que hacer para evitar que quienes puedan disponer de un
buen fajo de billetes se crean con el derecho de alquilar vientres, comprar
hijos, e imponer a sociedades y Estados su voluntad.