
“No, no me digas si está bien o mal, eso es muy
subjetivo ¿dime qué es lo que harías tú en ese caso?”, es la “pregunta” con la que muchas veces, como respuesta final,
se trata de zanjar cualquier intento de argumentar racionalmente en torno a
debates que, con profundas implicaciones, exigen una opción que es siempre una
elección moral – anticoncepción, aborto, fecundación in vitro, alquiler de vientres, eutanasia, etc. - , y lleva
implícita la doble afirmación de que, en realidad, llegado el caso, yo no
actuaría conforme a lo que defiendo, que responde además a una concepción tan
subjetiva como su contraria. En parte es posible, ¿cómo voy a afirmar lo
contrario?, no siempre tenemos la fortaleza suficiente para actuar de forma
coherente con lo que pensamos, y las presiones y/o seducciones del mundo que
nos rodea tampoco ayudan, por no hablar de la conciencia errónea sobre tantas
cosas, pero no creo que pueda defenderse seriamente que las opciones morales
solo quepa afrontarlas desde una perspectiva subjetivista.
En realidad
la cuestión no es nueva, y ya hace ya muchos siglos frente al relativismo y subjetivismos
sofista, para el que lo justo o lo injusto no era sino el resultado de una
convención que podía ser distinta en cada ciudad, (¿no suena muy actual ese positivismo,
al que ya me referí en un post?), Sócrates (470–399 a.C.) defendía que lo justo había de ser lo
mismo en todas las ciudades, que su definición debía de valer universalmente, y
por eso buscaba una definición universal de lo bueno y lo malo, lo justo y lo
injusto, lo moral y lo inmoral, no como un conocimiento abstracto, puramente intelectual, sino como medio para
la acción porque, decía, una vez conocido lo “bueno” no podríamos dejar de
actuar conforme a él. Su final fue el que cabía esperar, claro, acusado de impío, por situar por
encima de la Polis (la Ciudad-Estado) la obediencia debida a la voz interior de
su conciencia, fue condenado a muerte, que se ejecutó al modo tradicional,
suicidándose bebiendo “tosigo”, un preparado de cicuta. Sus acusadores y jueces
sabían perfectamente que el respeto, incluso el de un solo hombre, por la verdad
y por el bien contenía un potencial revolucionario tan grande que podía
repercutir negativamente en las leyes, injustas, de la Polis, y también, por
supuesto, en sus estatus personal dentro de su entramado
político-jurídico-económico.
Pero el
debate sigue, dos milenios y medio después, y para defender ese subjetivismo en
la toma de decisiones morales, se niega que pueda haber una ciencia moral ya
que, afirman, se trata de algo extraño el hombre, que le viene impuesto por
agentes externos (familia, sociedad,
Estado, religión, etc.) negando la libertad humana, y proponen una ética que
hace depender el juicio moral de las circunstancias en que se encuentra la
persona, del fin que se pretende, de las consecuencias que se derivan de la
acción, o de las costumbres o valoraciones vigentes en cada época, convirtiendo
esas circunstancias, fines, y consecuencias en fuentes de la moralidad de los
actos humanos, actos que se regirían esencialmente por la conciencia de cada
cual, que se erige en norma suprema.
Y en
principio, si no se matiza, parece que debe ser así, que la conciencia es esa
norma suprema que ha de regir la conducta del hombre, incluso contra la
autoridad que trata de imponer sus propias reglas, y a este aspecto y a la objeción
de conciencia me he referido en alguna ocasión. Pero el problema no se
aborda de forma completa si no se plantea otra cuestión, y es si el fallo de la
conciencia, el de cada cual, tiene siempre razón, si es infalible o no lo es, y
si es posible que pueda no estar rectamente formada, que sea errónea en
definitiva, y no justifique, por tanto, todos los actos de una persona aun
cuando obre en conciencia; y esto parece igualmente claro que también debe ser
así, porque si el principio de la fuerza justificadora de la conciencia errónea
fuera universalmente válido habría que admitir, por ejemplo, que Hitler,
Stalin, y todos sus cómplices y secuaces que masacraron a millones de personas
con plena convicción moral de estar haciendo lo correcto deben estar ahora
mismo gozando en el cielo junto a sus víctimas, y eso no parece – repugna de
hecho - que pueda ser así.

La respuesta está en “la verdad”, que no
puede ser obviada, y que es el concepto central a partir del cual hay que
entender la conciencia como rectamente formada en la medida en que es permeable
y está orientada hacia ella, lo que significa de hecho la anulación de la mera
subjetividad que termina siendo puro conformismo o conveniencia si renuncia a
la búsqueda de lo bueno, lo justo, lo moral, si renuncia a la búsqueda de la
verdad. Como señalaba el cardenal Ratzinger (“Verdad, valores, poder”), “La identificación de la conciencia con el
conocimiento superficial y la reducción del hombre a la subjetividad no liberan
sino que esclavizan. Nos hacen completamente dependientes de las opiniones
dominantes y reducen día a día el nivel de las mismas opiniones dominantes.
Quien equipara la conciencia a la convicción superficial la identifica con
seguridad aparentemente racional, tejida de fatuidad, conformismo y
negligencia. La conciencia se degrada a la condición de mecanismo exculpatorio
en lugar de representar la transparencia del sujeto para reflejar lo divino, y,
como consecuencia, se degrada también la dignidad y la grandeza del hombre. La
reducción de la conciencia a seguridad subjetiva significa la supresión de la
verdad.”
No, no creo
que pueda defenderse seriamente que las opciones morales solo puedan ser
afrontadas desde una perspectiva puramente subjetivista, al margen de la
verdad; de hecho, ¿lo admitirían quienes lo proponen en todos los casos, por
ejemplo ante el racismo, la trata de blancas o la pena de muerte? Estoy seguro
que no, porque deberán convenir conmigo en que no todo vale, aun cuando creamos
tener la cobertura de nuestra propia
conciencia si no nos hemos preocupado antes de formarla, e incluso la hemos
mantenido a veces en el error, a propósito, renunciando a la búsqueda de la
verdad ante la sospecha de que ésta podría complicarnos la existencia, porque
intuimos que el fallo de la conciencia sería entonces contrario a lo que nos
place o interesa.
La respuesta
está en la verdad, que debemos buscar incansables ante esas opciones o
elecciones morales que se nos puedan plantear, y es cierto que puede ser en
ocasiones un camino arduo, pero renunciar a ello, plegándose mansamente a las
opiniones más o menos dominantes -
políticamente correctas - del entorno social, o a los propios deseos, gustos,
apetencias o conveniencias, no puede ser una opción.
Pidamos, como pidió en una ocasión el
Cardenal Newman, “(Señor) Yo amaba mi
propio camino. Ahora, te ruego, alúmbrame para seguir.”