
En el viaje de regreso de Estrasburgo, en donde pronunció
sendos discursos ante el Parlamento Europeo
y
el Consejo de Europa el pasado 25 de noviembre, el Papa Francisco respondió a
las preguntas de algunos periodistas que le acompañaban en el avión, y hay una
que es significativa, y que reproduzco con la respuesta del Papa – con muchas
gracia – a continuación: P. “Su Santidad ante el Parlamento Europeo ha
pronunciado un discurso con palabras pastorales, pero que pueden sonar también
como palabras políticas y pueden parecerse, en mi opinión, a un sentimiento
socialdemócrata. Por ejemplo, cuando dice que hay que evitar que la fuerza real
expresiva de los puebles sea removida por el poder de multinacionales.
¿Podríamos decir que Su Santidad es un papa socialdemócrata? R.“Sería
reductivo. Me siento como en una colección de insectos: “Este es un insecto
socialdemócrata…”. No, yo diría que no. No oso calificarme de uno u otro
partido. Me atrevo a decir que lo que afirmo procede del Evangelio: es el
mensaje del Evangelio, asumido por la Doctrina Social de la Iglesia.
Concretamente en esa frase y en otras cosas – sociales o políticas – que he
dicho, no me he separado de la Doctrina Social de la Iglesia. La Doctrina
Social de la Iglesia viene del Evangelio y de la tradición cristiana. Lo que
dije acerca de la identidad de los pueblos es un valor evangélico, ¿verdad? Y
yo lo digo en este sentido. Pero la pregunta me hizo reír, ¡gracias!”
Y es significativa porque da cuenta de las reacciones que
ese discurso ha suscitado en diversas personas, grupos y formaciones, que
quieren hacer suyas – parcial e interesadamente, claro – algunas de las
palabras del Papa; sin ir más lejos, Pablo Iglesias, líder de “Podemos”, tuiteaba
durante el discurso: ”Qué dignidad podrá encontrar quien no tiene qué comer
o el mínimo necesario para vivir o el trabajo que le otorga dignidad” Bien
Bergoglio!”,
o, “Ahora el papa se refiere a las multinacionales y poderes financieros que
secuestran la democracia. El PP no acompaña nuestro aplauso.”; y ayer mismo,
en un programa de debate de La Sexta, un catedrático que defendía el programa
económico de Podemos, en solo unos minutos que lo estuve viendo, citó varias
veces al Papa Francisco, en referencia a las palabras de ese discurso, como
argumento de autoridad para defender su programa.
Pero ¿qué dijo el Papa para suscitar tales reacciones, y tan
curiosos portavoces?
No voy a glosar ni a resumir el discurso, cuya lectura –
fácil y breve - es muy interesante y aconsejable, y cuyo enlace he dejado al
principio a tal fin; baste con decir, como el Papa respondió al periodista, que
no es un discurso político ni cabe identificarlo con ningún partido, aunque
pueda tener consecuencias - y sería deseable que así fuera - en ese y otros
ámbitos, sino que es el mensaje del Evangelio y de la tradición cristiana
recogido por la Doctrina Social de la Iglesia, una gran desconocida, incluso
para muchos católicos.
Y es una lástima porque, como afirmaba el Papa Francisco el
pasado 2 de octubre, en una reunión con los participantes en la Asamblea plenaria
del Pontificio Consejo Justicia y Paz, que coincidía con el 5º aniversario de
la publicación de la Encíclica de Benedicto XVI, ”Caritas
in veritate”, - y aunque fuera en referencia a este documento – es clave
para la evangelización de lo social, con valiosas orientaciones sobre la
presencia de los católicos en la sociedad, las instituciones, la economía, las
finanzas y la política, o para enfocar adecuadamente un fenómeno como el de la globalización (p.42), un
hecho que no es a priori ni bueno ni malo, sino que será lo que hagamos con
ella, porque si por un lado abre posibilidades de redistribución de la riqueza
a escala planetaria, como nunca se ha visto antes, por otro lado, si se
gestiona mal - como se está haciendo - puede incrementar la pobreza y la
desigualdad, no solo entre unos países y otros, sino dentro de los mismos
países considerados como más ricos, al exacerbar las diferencias entre los
distintos grupos sociales, y crear nuevas desigualdades y pobrezas.
En esa misma reunión el Papa Francisco se refería a aspectos
del sistema económico actual, como la explotación del desequilibrio
internacional en los costes laborales, que además de afectar a la dignidad de
los millones de personas que suministran la mano de obra barata,
destruye empleo en aquellos países en los que el trabajo está más protegido, lo que plantea el problema de
crear mecanismos de tutela de los derechos laborales, y del medio ambiente, frente
a una ideología consumista que no se siente responsable de una cosa ni otra,
una ideología egoísta y hedonista que, como advertía Benedicto XVI en esa
misma Encíclica (p.43), al olvidarse de los deberes que los derechos
presuponen, convierten a estos en arbitrarios, apreciándose “con frecuencia
una relación entre la reivindicación del derecho a lo superfluo, e incluso a la
trasgresión y al vicio, en las sociedades opulentas, y la carencia de comida,
agua potable, instrucción o cuidados sanitarios elementales en ciertas regiones
del mundo subdesarrollado y también en la periferia de las grandes ciudades.”
A su vez, el crecimiento de la desigualdad y de la
pobreza
- advertía el Papa entonces, como en
este discurso ante el Parlamento europeo - ponen en peligro la
democracia inclusiva y participativa, que siempre presupone una economía y un
mercado que no excluya y que sea justo, por lo que se trata de
superar las causas estructurales que lo provocan, siendo básicos para la
inclusión social de los más necesitados, como señaló en su exhortación ”Evangelii
gaudium”,
la educación, el acceso a la atención sanitaria, y el trabajo
para todos.
Se trata de decir – como dice tan clara y tan firmemente el Papa en esa
exhortación, y que tan duro sonará a tantos oídos acostumbrados a las consignas
del liberalismo radical - no a una economía de la exclusión, no a la nueva
idolatría del dinero, no a un dinero que gobierna en lugar de servir, y no a la
inequidad que genera violencia (pp.53-60), porque “Ya no se trata
simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo
nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la
sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia,
o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino
desechos, «sobrantes».”, advirtiendo de que “hasta que no se
reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los
distintos pueblos será imposible erradicar la violencia. Se acusa de la
violencia a los pobres y a los pueblos pobres pero, sin igualdad de
oportunidades, las diversas formas de agresión y de guerra encontrarán un caldo
de cultivo que tarde o temprano provocará su explosión. Cuando la sociedad
—local, nacional o mundial— abandona en la periferia una parte de sí misma, no
habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan
asegurar indefinidamente la tranquilidad. Esto no sucede solamente porque la
inequidad provoca la reacción violenta de los excluidos del sistema, sino
porque el sistema social y económico es injusto en su raíz. Así como el bien
tiende a comunicarse, el mal consentido, que es la injusticia, tiende a
expandir su potencia dañina y a socavar silenciosamente las bases de cualquier
sistema político y social por más sólido que parezca.”
En un sistema idolátrico del dinero, que defiende la
autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera, mientras
las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se
quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz., y de ahí que
nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien
común, y desprecien la ética y rechacen a Dios, que se consideran
contraproducentes, porque relativizan el dinero y el poder, y condenan la
manipulación y la degradación de la persona; porque “la ética lleva a un
Dios que espera una respuesta comprometida que está fuera de las categorías del
mercado. Para éstas, si son absolutizadas, Dios es incontrolable, inmanejable,
incluso peligroso, por llamar al ser humano a su plena realización y a la
independencia de cualquier tipo de esclavitud.”
No, no es un programa socialdemócrata, ni el programa de
Podemos ni de ningún otro partido político, y tampoco es el “programa” del Papa
Francisco, es Doctrina Social de la Iglesia, pura y dura, que requiere, frente
a todos esos problemas y desafíos (y otros muchos más) que atañen al hombre y a
toda la sociedad, una respuesta de
todos los cristianos – y de todos los hombres de buena voluntad - que sea
conforme al Evangelio.
Merece la pena conocerla.