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sábado, 21 de marzo de 2015

Lo que un católico debe tener claro sobre la pena de muerte.


La Iglesia, coherente con su defensa de la vida humana desde su concepción hasta su muerte natural, como un don sagrado que es fruto de la acción creadora de Dios, y con la dignidad de la plena del ser humano en cuanto imagen de Dios, está en contra de la pena de muerte, por grave que haya sido el delito, y sea cual sea la repugnancia que nos pueda causar, es doctrina de la Iglesia, y así viene recogido en el Catecismo (p. 2267), que la acepta muy restrictivamente solo en aquellos supuestos en los que sea el único camino posible para defender del agresor injusto las vidas humanas, señalando en el mismo punto, con palabras del beato Juan Pablo II, que hoy, como consecuencia de las posibilidades que tiene el Estado para reprimir eficazmente el crimen, haciendo inofensivo a aquel que lo ha cometido sin quitarle definitivamente la posibilidad de redimirse, los casos en los que sea absolutamente necesario suprimir al reo “ suceden muy rara vez, si es que ya en realidad se dan algunos..”; así lo reiteró el Papa Benedicto XVI en numerosas ocasiones, apoyando iniciativas para abolir la pena de muerte en todo el mundo, y así lo ha vuelto a recordar recientemente el Papa Francisco en una audiencia concedida el pasado 20 de marzo a una delegación de la Comisión Internacional contra la pena de muerte. Y ha sido muy claro:

“Los Estados pueden matar por acción cuando aplican la pena de muerte, cuando llevan a sus pueblos a la guerra o cuando realizan ejecuciones extrajudiciales o sumarias. Pueden matar también por omisión, cuando no garantizan a sus pueblos el acceso a los medios esenciales para la vida... En algunas ocasiones es necesario repeler proporcionadamente una agresión en curso para evitar que un agresor cause un daño, y la necesidad de neutralizarlo puede conllevar su eliminación: es el caso de la legítima defensa. Sin embargo, los presupuestos de la legítima defensa personal no son aplicables al medio social, sin riesgo de tergiversación. Es que cuando se aplica la pena de muerte, se mata a personas no por agresiones actuales, sino por daños cometidos en el pasado. Se aplica, además, a personas cuya capacidad de dañar no es actual sino que ya ha sido neutralizada, y que se encuentran privadas de su libertad.”

“Hoy en día la pena de muerte es inadmisible, por cuanto grave haya sido el delito del condenado. Es una ofensa a la inviolabilidad de la vida y a la dignidad de la persona humana que contradice el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad y su justicia misericordiosa, e impide cumplir con cualquier finalidad justa de las penas. No hace justicia a las víctimas, sino que fomenta la venganza. …Para un Estado de derecho, la pena de muerte representa un fracaso, porque lo obliga a matar en nombre de la justicia... Nunca se alcanzará la justicia dando muerte a un ser humano... Con la aplicación de la pena capital, se le niega al condenado la posibilidad de la reparación o enmienda del daño causado; la posibilidad de la confesión, por la que el hombre expresa su conversión interior; y de la contrición, pórtico del arrepentimiento y de la expiación, para llegar al encuentro con el amor misericordioso y sanador de Dios. Es, además, un recurso frecuente al que echan mano algunos regímenes totalitarios y grupos de fanáticos, para el exterminio de disidentes políticos, de minorías, y de todo sujeto etiquetado como ''peligroso'' o que puede ser percibido como una amenaza para su poder o para la consecución de sus fines. …La pena de muerte es contraria al sentido de la humanitas y a la misericordia divina, que debe ser modelo para la justicia de los hombres... Se debate en algunos lugares acerca del modo de matar, como si se tratara de encontrar el modo de “hacerlo bien”... Pero no hay forma humana de matar a otra persona''.

No, no hay ninguna forma humana de matar a otro ser humano, y es imperioso recordar a todo el mundo y tener muy claro – empezando por los mismos católicos, si quieren ser coherentes con la fe que profesan – que no hay razones hoy que obliguen hoy a recurrir a la pena de muerte para proteger a la sociedad, y que no solo se trata de ofrecer tiempo e incentivos para la reforma del culpable, que también, sino de garantizar el bienestar moral de las personas que de un modo u otro se pueden ver involucradas en el destino de los condenados a muerte, rechazando tanto el espíritu de venganza como la tentación de sucumbir a la desesperación ante los delitos y la fuerza del mal, y de tener presente, recordar y reafirmar la necesidad de un reconocimiento y un respeto universal de la dignidad inalienable de la vida humana, en su inconmensurable valor, como parte integral de su defensa de la vida de todos los hombres y mujeres, en cualquier fase de su desarrollo, desde concepción hasta a la muerte natural. Y ello no se refiere solo al aborto o a la eutanasia, sino que incluye la abolición universal de la pena capital.

Hay que tenerlo claro.

lunes, 8 de diciembre de 2014

Yo amaba mi propio camino. Ahora, te ruego, alúmbrame para seguir.

“No, no me digas si está bien o mal, eso es muy subjetivo ¿dime qué es lo que harías tú en ese caso?”, es la “pregunta” con la que muchas veces, como respuesta final, se trata de zanjar cualquier intento de argumentar racionalmente en torno a debates que, con profundas implicaciones, exigen una opción que es siempre una elección moral – anticoncepción, aborto, fecundación in vitro, alquiler de vientres, eutanasia, etc. - , y lleva implícita la doble afirmación de que, en realidad, llegado el caso, yo no actuaría conforme a lo que defiendo, que responde además a una concepción tan subjetiva como su contraria. En parte es posible, ¿cómo voy a afirmar lo contrario?, no siempre tenemos la fortaleza suficiente para actuar de forma coherente con lo que pensamos, y las presiones y/o seducciones del mundo que nos rodea tampoco ayudan, por no hablar de la conciencia errónea sobre tantas cosas, pero no creo que pueda defenderse seriamente que las opciones morales solo quepa afrontarlas desde una perspectiva subjetivista.

En realidad la cuestión no es nueva, y ya hace ya muchos siglos frente al relativismo y subjetivismos sofista, para el que lo justo o lo injusto no era sino el resultado de una convención que podía ser distinta en cada ciudad, (¿no suena muy actual ese positivismo, al que ya me referí en un post?), Sócrates (470–399 a.C.) defendía que lo justo había de ser lo mismo en todas las ciudades, que su definición debía de valer universalmente, y por eso buscaba una definición universal de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo moral y lo inmoral, no como un conocimiento abstracto,  puramente intelectual, sino como medio para la acción porque, decía, una vez conocido lo “bueno” no podríamos dejar de actuar conforme a él. Su final fue el que cabía esperar, claro, acusado de impío, por situar por encima de la Polis (la Ciudad-Estado) la obediencia debida a la voz interior de su conciencia, fue condenado a muerte, que se ejecutó al modo tradicional, suicidándose bebiendo “tosigo”, un preparado de cicuta. Sus acusadores y jueces sabían perfectamente que el respeto, incluso el de un solo hombre, por la verdad y por el bien contenía un potencial revolucionario tan grande que podía repercutir negativamente en las leyes, injustas, de la Polis, y también, por supuesto, en sus estatus personal dentro de su entramado político-jurídico-económico.

Pero el debate sigue, dos milenios y medio después, y para defender ese subjetivismo en la toma de decisiones morales, se niega que pueda haber una ciencia moral ya que, afirman, se trata de algo extraño el hombre, que le viene impuesto por agentes externos (familia,  sociedad, Estado, religión, etc.) negando la libertad humana, y proponen una ética que hace depender el juicio moral de las circunstancias en que se encuentra la persona, del fin que se pretende, de las consecuencias que se derivan de la acción, o de las costumbres o valoraciones vigentes en cada época, convirtiendo esas circunstancias, fines, y consecuencias en fuentes de la moralidad de los actos humanos, actos que se regirían esencialmente por la conciencia de cada cual, que se erige en norma suprema.

Y en principio, si no se matiza, parece que debe ser así, que la conciencia es esa norma suprema que ha de regir la conducta del hombre, incluso contra la autoridad que trata de imponer sus propias reglas, y a este aspecto y a la objeción de conciencia me he referido en alguna ocasión. Pero el problema no se aborda de forma completa si no se plantea otra cuestión, y es si el fallo de la conciencia, el de cada cual, tiene siempre razón, si es infalible o no lo es, y si es posible que pueda no estar rectamente formada, que sea errónea en definitiva, y no justifique, por tanto, todos los actos de una persona aun cuando obre en conciencia; y esto parece igualmente claro que también debe ser así, porque si el principio de la fuerza justificadora de la conciencia errónea fuera universalmente válido habría que admitir, por ejemplo, que Hitler, Stalin, y todos sus cómplices y secuaces que masacraron a millones de personas con plena convicción moral de estar haciendo lo correcto deben estar ahora mismo gozando en el cielo junto a sus víctimas, y eso no parece – repugna de hecho - que pueda ser así.

La respuesta está en “la verdad”, que no puede ser obviada, y que es el concepto central a partir del cual hay que entender la conciencia como rectamente formada en la medida en que es permeable y está orientada hacia ella, lo que significa de hecho la anulación de la mera subjetividad que termina siendo puro conformismo o conveniencia si renuncia a la búsqueda de lo bueno, lo justo, lo moral, si renuncia a la búsqueda de la verdad. Como señalaba el cardenal Ratzinger (“Verdad, valores, poder”), “La identificación de la conciencia con el conocimiento superficial y la reducción del hombre a la subjetividad no liberan sino que esclavizan. Nos hacen completamente dependientes de las opiniones dominantes y reducen día a día el nivel de las mismas opiniones dominantes. Quien equipara la conciencia a la convicción superficial la identifica con seguridad aparentemente racional, tejida de fatuidad, conformismo y negligencia. La conciencia se degrada a la condición de mecanismo exculpatorio en lugar de representar la transparencia del sujeto para reflejar lo divino, y, como consecuencia, se degrada también la dignidad y la grandeza del hombre. La reducción de la conciencia a seguridad subjetiva significa la supresión de la verdad.”

No, no creo que pueda defenderse seriamente que las opciones morales solo puedan ser afrontadas desde una perspectiva puramente subjetivista, al margen de la verdad; de hecho, ¿lo admitirían quienes lo proponen en todos los casos, por ejemplo ante el racismo, la trata de blancas o la pena de muerte? Estoy seguro que no, porque deberán convenir conmigo en que no todo vale, aun cuando creamos tener la cobertura de nuestra  propia conciencia si no nos hemos preocupado antes de formarla, e incluso la hemos mantenido a veces en el error, a propósito, renunciando a la búsqueda de la verdad ante la sospecha de que ésta podría complicarnos la existencia, porque intuimos que el fallo de la conciencia sería entonces contrario a lo que nos place o interesa.

La respuesta está en la verdad, que debemos buscar incansables ante esas opciones o elecciones morales que se nos puedan plantear, y es cierto que puede ser en ocasiones un camino arduo, pero renunciar a ello, plegándose mansamente a las opiniones más o menos dominantes  - políticamente correctas - del entorno social, o a los propios deseos, gustos, apetencias o conveniencias, no puede ser una opción.

Pidamos, como pidió en una ocasión el Cardenal Newman, “(Señor) Yo amaba mi propio camino. Ahora, te ruego, alúmbrame para seguir.” 

domingo, 5 de octubre de 2014

No hay más dios que la ciencia, y Hawking es su profeta


Por favor, que nadie vea nada irrespetuoso contra Hawking en el título de esta entrada, vaya por delante mi respeto hacia su persona y hacia su trabajo científico, pero es que no deja de llamar la atención el ateismo militante de algunos científicos – Richard Dawkins también estaría entre ellos -, a los que la palabra Dios es que no se les cae de la boca, y porfían con ocasión o sin ella, aprovechando cualquier oportunidad  para hacer profesión de su fe, tanto en la ciencia como en su rechazo de la existencia de Dios. ¡Ay, si los cristianos hiciéramos lo mismo! En realidad están obsesionados con Dios, y hablan más de Él que la mayoría de las personas que, inmersas en un ateismo práctico, simplemente viven y se comportan al margen de Dios, como si no existiera, y más que buena parte de los cristianos, la mayoría diría yo, para quienes la palabra apostolado parece constreñirse a los Apóstoles y, si a caso, a los curas.

El tema es que durante varios días se ha celebrado en Tenerife el Festival Starmus, un encuentro de divulgación científica al que han acudido científicos de primer nivel para acercar la investigación a la sociedad, explicando de forma accesible conceptos científicos de vanguardia en el campo de la Astronomía, y en el que una de las estrellas invitadas fue Stephen Hawking que, como cualquier estrella que se precie, no tenía por qué sujetarse el guión previsto para el debate y, por supuesto, y aunque no venía a cuento, no se privó de hablar de algunos de sus temas recurrentes, como la inexistencia de Dios, y de su anti-religiosidad, por diferentes razones que lanzó como una andanada.

El aperitivo empezó antes de que comenzara el festival, en una entrevista que publicaba El Mundo el pasado 21 de septiembre, en la que afirmaba que la religión cree en los milagros, pero “el milagro no es compatible con la ciencia”; a ver, podrá creer o no en los milagros, que no cree, pero afirmar que no lo hay porque son incompatibles con la ciencia no solo es una afirmación de principio (no hay nada fuera de la ciencia, y de esa premisa extraigo conclusiones) sino que es una evidencia que no aporta nada, ¡claro que es incompatible!, precisamente por eso es un milagro, porque no se ha producido el resultado que inevitablemente debía producirse conforme a las leyes de la naturaleza, que son inexorables, salvo que haya una intervención externa a ellas mismas, claro, que impida que se produzca ese resultado previsto, y ahí es cuando se produce el milagro. 

Ya en el festival, en uno de los debates, fue cuando realizó una serie de manifestaciones que trascienden de lo científico para adentrarse en otros campos del saber – porque también lo son, por mucho que les pese a los cientifistas - , como es el teológico y el filosófico; porque eso es lo que hace Hawking cuando afirma que “Tanto la religión como la ciencia parecen explicar el origen del Universo, pero considero que la ciencia resulta más convincente, ya que responde continuamente a preguntas que la religión no puede contestar.” …vale, pero tal vez sea porque no es misión de la religión averiguar cual es la función de la “radiación de fondo de microondas”, que es algo que compete evidentemente a la ciencia, sino la relación del hombre con el Dios creador de todo, incluso de esa radiación de fondo, sea eso lo que sea; y eso es lo que hace Hawking cuando afirma que “nadie puede probar que hubo un Creador”, refiriéndose obviamente a una prueba científica, cuando eso es algo más que evidente, como es evidente que tampoco se puede probar lo contrario, puesto que la ciencia solo puede referirse a aquello que compete a su materia, la naturaleza, no a lo que está fuera de ella.

A este respecto, en el libro “Dios y el mundo”, Joseph Ratzinger recordaba las palabras de el Libro de la Sabiduría, “Dios se deja hallar por los que no le tientan”, es decir, por aquellos que no desean someterle a un experimento; es decir, Dios no es una magnitud determinable según categoría físico espaciales, y “si pretendemos poner a Dios a prueba y hacemos determinadas cosas pensando que Él tendría que reaccionar, cuando lo convertimos, valga la expresión, en nuestro objeto de experimentación, habremos tomado un rumbo en el que, a buen seguro, no lograremos encontrarle. Porque Dios no se somete a experimento. No es algo que podamos manipular.” 

La religión – siguió Hawking, desatado, en otros campos del saber como sociología, psicología, moral o politología – nos ha acompañado a lo largo de toda la Historia y nos ha dejado cosas como la Inquisición, la desigualdad de la mujer, o el problema eterno de Palestina…La religión debería hacer que la gente se comporte cada vez mejor, pero no parece que esté cumpliendo ese objetivo. Mucha gente no religiosa, sin embargo, sí que se comporta mejor, y sin necesidad de creer en ningún Dios.”

Se trata en realidad de una mezcolanza de ideas y conceptos que tiene poco de científica, que no tienen respuesta desde la Ciencia, al menos desde la astrofísica, eso seguro, y que responden a unas ideas y opiniones personales de Hawking que no deberían pasar por ciertas por razón de su fama y relevancia como investigador. No voy a referirme a cada una de esas afirmaciones, porque sería largo y tedioso, baste recordar el réquiem satánico que fue el siglo XX, un infierno de asesinatos y homicidios en masa, de masacres y crímenes violentos, un compendio de atrocidades en el que se ha matado a más hombres que nunca, desde concepciones ideológicas ateas como fueron el nazismo y el comunismo, que tiene sus prolegómenos en el genocidio de La Vendée, en el XIX, durante la Revolución Francesa, al que ya me referí en La´mi du peuple, para desmontar esa especie de apología simplista de “el buen ateo”; y baste reconocer lo evidente – y solo voy a hablar por los cristianos -, y es que no todos los que se dicen cristianos lo son, e incluso los que lo somos no siempre actuamos como tal, porque somos pecadores, y por eso entonamos en cada celebración eucarística, y personalmente en cada examen de conciencia, el mea culpa, como hay ningún problema en reconocer que hay personas que alejadas de la fe cristiana no solo son buenas sino que son admirables, y a lo mejor están más cerca de Dios que muchos cristianos de precepto dominical, pero es que eso no sería por razón de su ateismo, sino a pesar de él.

Tal vez Hawking debería recordar sus propias palabras en Oviedo, en la entrega del premio Príncipe de Asturias, cuando afirmó que “la ciencia siempre es lo penúltimo y está sometida a revisiones y nuevas hipótesis. El por qué existe algo y no la nada, el milagro de la vida y la maravilla de la mente humana piden explicaciones de “totalidad” que la ciencia no aporta.”

Ese es el camino razonable para un necesario y fructífero diálogo entre fe y ciencia, entre fe y razón, eliminando ese falso antagonismo que desde determinadas concepciones se pretende imponer como una verdad científica. 

domingo, 10 de febrero de 2013

Talibanes


Se hacía eco un periódico, a principios del mes pasado, de la persecución de la que son objeto los cristianos, no en Nigeria, Yemen, Kenia o Bangladesh, sino en un país de nuestro entorno cultural, la civilizada Francia. Bien es verdad que esa persecución no consiste en quemarlos vivos dentro de las iglesias, como en esos otros países - a nuestra delicada (para algunas cosas) sensibilidad occidental le costaría trabajo digerirlo, y difícilmente podrían silenciarlo y mirar para otro lado, como cuando ocurre en esos otros países - pero daba cuenta de que está creciendo de forma inquietante el vandalismo anticristiano, en forma de robos, profanaciones de iglesias, capillas y cementerios, destrucción de belenes y monumentos de carácter religioso, interrupción violenta de celebraciones litúrgicas, y amenazas y agresiones a sacerdotes y religiosos.

No es un fenómeno exclusivo de Francia, en España estamos viviendo un proceso de escalada de violencia anticristiana similar, un proceso que empieza con la ridiculización de la fe y de sus símbolos, desde un “humor” sin límites ni respetos, sigue con la burla contra los sentimientos religiosos de los creyentes (identificados, a veces, con borregos  a merced de una malvada “jerarquía”), y prosigue con ataques verbales, con ataques contra edificios y bienes, y con violencia física contra los creyentes, y aquí ya hemos llegado a este último grado. En efecto, en España hay una violencia anticristiana que se manifiesta en pintadas [“la única iglesia que ilumina es la que arde”, “arderéis como en el 36”, etc. – los acentos son míos -] y sabotajes en multitud de templos, conventos y otros edificios de la Iglesia, destrozo y quema de imágenes, exposiciones blasfemas, interrupción de celebraciones litúrgicas y profanación de capillas, en burlas, amenazas y  agresiones contra los creyentes, además del vertido de toneladas de basura en los confesionarios de El Retiro, durante la visita del Papa en la JMJ 2011 (la imagen del tipo vociferando al oído de una chica corresponde a uno de esos episodios), y está presente en la actividad de determinados grupos como, por ejemplo, los promotores de las llamadas “procesiones ateas” – concepto en sí mismo delirante –, en las que se hace una burla grosera de la Iglesia y de sus símbolos, o, sin ir más lejos, un movimiento de gays y lesbianas que esta pasada Navidad promocionó una forma diferente de vivirla, con “belenes-gays” formados por dos San Josés o por dos Marías, y con unas “reinonas magas”, que ya son ganas de tocar las narices, porque es una agresión incalificable merecedora del más duro reproche de cualquier persona de bien, al margen de sus creencias. Y no se trata de hechos aislados protagonizados por algunos descerebrados, sino de las consecuencias de una cristianofobia que se está cultivando y agitando desde determinadas concepciones políticas, ideológicas y culturales, en las que participan algunos dirigentes políticos, que proponen públicamente, por ejemplo, impedir a los católicos el acceso a cargos públicos o a determinados trabajos (juez, médico…), o exigen – como ha ocurrido recientemente – “colocar un bozal” al obispo de Córdoba, por atreverse a cuestionar la ideología de género (concepto elevado al altar de lo políticamente correcto y, por tanto, incuestionable), y también algunos escritores, periodistas, comunicadores, que arremeten sistemáticamente, desde diferentes medios, contra la Iglesia.

Hay alguno más – entre los escritores, la TV casi no la veo - pero ahora mismo me vienen a la cabeza, por ejemplo, Almudena Grandes, burlándose de la violación de una monja en un artículo en El País, o Arturo Pérez-Reverte, con su permanente reivindicación – directamente, o a través de sus personajes – de “madame guillotine”, y su permanente lamento porque España no quedara anegada por un rio de sangre como el que anegó La Vendee, en Francia, siendo tal su visión sectaria que, cuando se refirió en su columna semanal (“Patente de corso”) al individuo vociferante de la foto, lo criticó como un caso de agresividad machista, de “violencia de género”, y no como lo que es, una muestra de fanatismo intolerante relacionado con las creencias, no con el sexo.

Después, ¿cómo nos puede extrañar que algún descerebrado ponga por obra lo que otros proclaman desde sus particulares púlpitos? Ya ha habido agresiones físicas a sacerdotes y religiosos, y hace tan solo unos días, el pasado 7 de febrero, mientras daba forma a estas líneas, desactivaron un artefacto explosivo, con doscientos gramos de pólvora y un kilo de clavos como metralla, que estaba colocado en un confesionario de la Catedral de la Almudena (Madrid), en la que, por cierto, poco antes de que lo desactivaran, estaba una de mis hijas junto a sus compañeras de viaje de estudios.

Este es el panorama, y lo resumía muy bien un amigo que, no hace mucho, en Twitter, se atrevió a recoger unas palabras de Benedicto XVI en las que atacaba el capitalismo financiero desregulado, poniéndolo al mismo nivel que el terrorismo y la criminalidad organizada - declaraciones nada sorprendentes para quienes conocen un poco la doctrina social de la Iglesia - y al que le cayó de todo solo por atreverse a citar al Papa; "hay mucho talibán" me decía,  y es rigurosamente cierto.

Hay muchotalibán” que, en nombre de la tolerancia, actúa de modo absolutamente intolerante contra quienes mantienen posiciones distintas a lo “políticamente correcto” del momento, pretendiendo obligar a admitir como buenos valores y prácticas con los que se discrepa; la creencia en la verdad se considera peligrosa, salvo la creencia en relativismo que, en profunda contradicción, sí se presenta como una verdad absoluta, y se parte de un laicismo integrista – un fundamentalismo laico en definitiva, similar a los fundamentalismos religiosos – que se entiende a sí mismo y al mundo de forma omnicomprensiva, anulando toda distinción entre poder y moralidad excluyendo la posibilidad de que existan criterios de valor objetivos independientes del ejercicio práctico del poder político, según los cuales pueda enjuiciarse el ejercicio del poder, y aceptando como criterio único de moral y de justicia a aquellas instancias laicas sometidas al control del proceso político, y solo en la medida en que forman parte del mismo. Y es que, ahora, presumimos de liberales y tolerantes, pero sigue existiendo la tentación de algunas ideologías de convertir al Estado, al poder político, en instancia de autoridad suprema “espiritual” con capacidad de decir a los ciudadanos qué debemos creer y qué debemos pensar; de hecho una gran parte de la historia de las ideas políticas de la modernidad, y de nuestra historia más reciente, se explica desde esta perspectiva, llevada a la práctica a través del “decisionismo” del poder político, con la complicidad de esa “intelectualidad” que ataca de forma inmisericorde a quienes, como la Iglesia, se oponen a la pretensión de resucitar el Leviatán de Hobbes, representado por esa figura terrible y gigantesca que, asumiendo en cada mano los dos poderes, el temporal y el espiritual, representados por la espada y el báculo, apenas deja margen al libre albedrío y a la libertad individual.

“No es misión del Estado traer la felicidad a la humanidad. – decía Joseph Ratzinger - Ni es competencia suya crear nuevos hombres. Tampoco es cometido del Estado convertir el mundo en un paraíso y, además, tampoco es capaz de hacerlo. Por eso, cuando lo intenta, se absolutiza y traspasa sus límites. Se comporta como si fuera Dios, convirtiéndose – como muestra el Apocalipsis – en una fiera del abismo, en poder del Anticristo.” Y es que cuando se habla de fundamentalismos se suelen identificar con los religiosos, y se olvida que también puede haber fundamentalismos o integrismos laicistas, que ya han demostrado de lo que eran capaces en el genocidio de La Vendee, en la Shoah o en el Holodomor, por citar algunos hechos históricos, y que es ese mismo laicismo integrista el que está detrás de esa cristianofobia a que me he referido, obviando que, aun cuando siempre ha habido y habrá discrepancias y tensiones entre la Iglesia y el Estado - es inevitable por la auto comprensión que ambos tienen de sí mismos - la relación entre ambos ha sido muy fructífera, única en la historia de la civilización, y condición de posibilidad de un Estado laico. 

Los seres humanos, en definitiva, no somos átomos independientes, pertenecemos a una sola familia humana, y ni debemos conformarnos con una tolerancia que consista en que creyentes y no-creyentes nos limitemos a soportarnos, de mala gana o resentidos, ni podemos permitir ni requerir la resolución de esas diferencias e inevitables tensiones por el “decisionismo” de un poder político autoerigido en instancia suprema; hemos de intentar un ejercicio de tolerancia que consista no solo respetarnos, que es lo mínimo, sino incluso en enriquecernos con las diferencias. Así lo propone Jürgen Habermas, - nada sospechoso - cuando afirma que El concepto de tolerancia en sociedades pluralistas concebidas liberalmente no solo considera que los creyentes, en su trato con los no creyentes y con creyentes de distintas confesiones, son capaces de reconocer que lógicamente siempre va a existir cierto tipo de disenso, sino que por otro lado también se espera la misma capacidad de reconocimiento – en el marco de un cultura política liberal – de los no creyentes en su trato con los creyentes… La neutralidad cosmovisiva del poder estatal, que garantiza las mismas libertades éticas para todos los ciudadanos, es incompatible con la generalización política de una visión del mundo laicista. Los ciudadanos secularizados, en cuanto que actúan en su papel de ciudadanos del Estado, no pueden negar por principio a los conceptos religiosos su potencial de verdad, ni pueden negar a los conciudadanos creyentes su derecho a realizar aportaciones en lenguaje religioso a las discusiones públicas. Es más, una cultura liberal política puede incluso esperar de los ciudadanos secularizados que participen en los esfuerzos para traducir aportaciones importantes del lenguaje religioso a un lenguaje más asequible para el público en general.”

Pues eso, ¿talibanes?, ¡no, gracias!, pero de ningún tipo.

lunes, 21 de enero de 2013

Acerca de los Reyes Magos


Siguiendo el consejo de Teófilo en su última carta, durante esta Navidad no he querido entrar al trapo de la polémica, tan artificial como siempre, [como aquella a la que me referí hace unos años a propósito del titular de un periódico, los Reyes Magos contra Hawking], y fruto de la temeraria ignorancia –quiero pensar, y es el juicio más benevolente- de periodistas que no se informan de aquello de lo que escriben, que se ha creado en torno a Joseph Ratzinger (Benedicto XVI) y su último libro, “La infancia de Jesús”, y a sobre si en dicho libro se afirmaba que había que retirar el buey y la mula de los belenes. Lo cierto es que la polémica, “grave” como pocas, como se aprecia con su solo enunciado –aunque tiene su aquel que, ante la conmemoración de un misterio tan impresionante como el nacimiento de Jesús, Dios hecho hombre entrando en la historia de la humanidad, la cuestión propuesta y debatida fuera el destino del buey y la mula–, tampoco merecía más atención que denunciar su falsedad.

Pero el pasado 6 de enero, un escritor – Antonio Gala –, en su columna de un diario nacional, que utiliza con una frecuencia casi obsesiva para lanzar sus diatribas contra la Iglesia Católica, y al que ya me referí en una ocasión (Aeropagitas) a propósito de otro tema, publicaba un artículo titulado “Reyes Magos”, refiriéndose al citado libro y al pontífice. Y, como ya ha terminado la Navidad, voy dedicarle unas líneas, primero porque él lo utiliza como excusa para rellenar otra columna y, aprovechando su nombre, hacer burla – no utiliza el tono grueso habitual, sino el zumbón del que se digna descender a tratar “tonterías” propias de gente crédula -  del Papa y, a través suya, de la Iglesia y de los creyentes; y, segundo, porque me da ocasión para aclarar algunos conceptos, que él confunde interesadamente, pero que a lo mejor nosotros tampoco tenemos tan claros como debiéramos, y para referirme a  algún otro que tal vez – si mi torpeza no lo impide – pueda invitar a alguien a leer a Benedicto XVI, algo siempre interesante e instructivo.

Hay que aclarar en primer lugar que el libro, aunque ha sido escrito por el Papa, Benedicto XVI, lo ha escrito como teólogo, por lo que por muy autorizado que sea, y lo es por la categoría intelectual de su autor, no forma parte del Magisterio de la Iglesia ni goza de infalibilidad, Sr. Gala. Y es que hay que saber qué significa ese concepto antes de hacer chascarrillos al respecto. La infalibilidad se define como la imposibilidad de fallo, error o engaño, y es una prerrogativa concedida por Dios a la Iglesia por la que ésta no puede equivocarse en la custodia y exposición de la doctrina revelada; la infalibilidad in docendo (en el enseñar), propia del Magisterio de la Iglesia, es ejercida por el Romano Pontífice y por el Colegio Episcopal cuando se cumplen determinadas condiciones, y se extiende tanto cuanto abarca el depósito de la Revelación, siempre que define los dogmas de fe - es decir, delimita las verdades reveladas -, y condena los errores doctrinales. Por tanto, Sr. Gala, los cismas en la Iglesia nunca podrían ser, como Ud. dice, la prueba de la falta de infalibilidad sino, en todo caso, la prueba de la firmeza de la Iglesia en la custodia de ese depósito de la fe frente a quienes, por intereses y razones puramente humanas, han querido a lo largo de los siglos adaptarlo a su conveniencia o entendimiento, y ante la oposición del Papa y de la Iglesia – que habrían actuado en muchas ocasiones de otra manera si la concibieran como una mera habilidad política - han terminado separándose (ellos) de la Iglesia.

Un ejemplo es el cisma de la Iglesia de Inglaterra, que me viene a la cabeza por la reciente noticia de la proyectada reforma legislativa que permitiría a los miembros de la familia real británica casarse con un católico, que tanto incomodo ha causado en la Corona británica como en esa Iglesia, y que fue provocado por Enrique VIII. La historia es conocida, Enrique VIII se casó con Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos y tía del emperador Carlos V, que antes había estado casada con Arturo, hermano de Enrique, que había muerto al poco tiempo sin consumar el matrimonio, por lo que el Papa Julio II otorgó la dispensa canónica del impedimento que de este matrimonio resultaba entre Catalina y Enrique VIII. Durante dieciocho años todo se desarrolló normalmente, y tuvieron cinco hijos, de los que solo sobrevivió una niña, la futura reina María Tudor; la cuestión de la sucesión (que se complicó por la muerte del duque de Richmond, hijo natural del rey con Isabel Blount), unida a la ciega pasión de Enrique VIII por Ana Bolena, dama de la corte y sobrina del duque de Norfolk, que le había puesto como condición para entregarse ser su verdadera esposa y reina de Inglaterra, provocaron que el Rey utilizara todos los medios a su alcance para que se declarara la nulidad de su matrimonio con Catalina, alegando la nulidad de la dispensa papal, incluyendo la amenaza del cisma, que finalmente consumó. Este cisma, por tanto, no tiene nada que ver con la infalibilidad, sino con la firmeza del Papa Clemente VII en defender la indisolubilidad del matrimonio frente a los deseos de Enrique VIII, pese a que políticamente le interesaba ceder a sus pretensiones, para evitar el cisma y no enemistarse con un rey con el que le unía su prevención frente a Carlos V, y pese a que jurídicamente podía haber mirado para otro lado y declarar la nulidad de la dispensa, deviniendo nulo el matrimonio entre Enrique y Catalina.

En todo caso, volviendo al tema que nos ocupa, no es necesario recurrir al dogma de la  infalibilidad para solucionar la cuestión del buey y de la mula - en realidad es un asno, pero casi da miedo decirlo, no vaya a provocar otra polémica -, porque basta la simple lectura del Evangelio de San Lucas [2, 6-7], en el que se recoge el nacimiento de Jesús (otra cosa es que no lo hayamos hecho), para apercibirse que en ningún momento se mencionan tales animales, porque lo único que dice, muy escuetamente, es que “…mientras estaban allí [María y José, en Belén] le llegó el tiempo del parto, y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.” Y lo que dice el Papa es que la mención del pesebre hace pensar, lógicamente, en los animales, porque es allí donde comen, y por tanto en un establo, pero que no se menciona a esos animales, lo que es un hecho, y que ha sido la meditación cristiana, guiada por la fe, leyendo el Antiguo y el Nuevo Testamento relacionados entre sí, - la singular conexión entre Isaías 1,3, Habacuc 3,2 y Éxodo 25, 18-20 y el pesebre – por la que aparecen esos animales, el buey y el asno, como una representación de la humanidad, y lo que afirma el Papa, por tanto, es todo lo contrario de lo que han recogido esos titulares y noticias de los periódicos, que “La iconografía cristiana ha captado ya muy pronto este motivo. Ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno.” Es decir, que están bien puestos.

En cuanto a los “Reyes Magos”, cuyo relato aparece recogido en el Evangelio de San Mateo (2, 1-12), no, Sr. Gala, no es que Mateo (que, por cierto, no era cambista sino publicano y recaudador de impuestos) no supiera si se trataba de magos, o de reyes, ni que no tuviera claros los conceptos de Oriente y Occidente, ni que Benedicto XVI haya corregido al evangelista para decir que en realidad venían de Occidente. Vamos a ver si procuramos no liar las cosas.

Lo cierto es que el texto evangélico habla de unos Magos de Oriente, no de reyes, y lo que dice Benedicto XVI es que ha sido la tradición de la Iglesia la que, igual que leyó con toda naturalidad el relato de la Navidad de Lucas sobre el trasfondo de Isaías 1,3, y de este modo llegaron al pesebre el buey y el asno, “ha leído la historia de los Magos a la luz del Salmo 72,10, [“los reyes de Tarsis y las Islas traerán consigo tributo. Los reyes de Saba y de Seba todos pagarán impuestos; ante él se postrarán los reyes, le servirán todas las naciones”] e Isaías 60 [“Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada…”]. Y de esta manera los hombres sabios de Oriente se han convertido en reyes, y con ellos han entrado en el pesebre los camellos y los dromedarios”, como dice que ha sido también la tradición de la Iglesia la que ha extendido la proveniencia de esos hombres a los tres continentes entonces conocidos, África, Asia y Europa, representado así a toda la humanidad cuando emprende el camino hacia Cristo, inaugurando una procesión que recorre toda la historia.

En cuanto a quiénes fueran los “magos” (mágoi), dice Benedicto XVI que el término tiene varias acepciones, pero la principal designa a la casta sacerdotal persa, que en la cultura helenista eran considerados como representantes de una religión auténtica cuyas ideas estaban fuertemente influenciadas por el pensamiento filosófico, y aunque no pertenecieran a esa casta, al menos en sentido amplio – sabios - podría ser aplicable a esos Magos de Oriente. A esos conocimientos religiosos y filosóficos unían, probablemente, el ser astrónomos [en Babilonia, centro de la astronomía científica en épocas remotas, aunque ya en declive en la época de Jesús, continuaba existiendo un pequeño grupo de astrónomos], porque fue una estrella la que les puso en camino. Pero, ¿qué estrella era esa, y por qué para ellos se convierte en un mensaje? Aunque hay exegetas de renombre que opinan que la cuestión tiene poco sentido, y que se trata de un relato teológico que no debería mezclarse con la astronomía, sugiere Benedicto XVI que no habría que rechazarlo a priori, y recoge la solución de Kepler, confirmada por astrónomos modernos, y la confirmación curiosa de unas tablas cronológicas chinas que afirman que, alrededor del año 4 a.C. había aparecido y se había visto durante mucho tiempo una estrella luminosa; la conjunción astral de los planetas Júpiter (la estrella de la más alta divinidad de Babilonia) y Saturno (el representante cósmico del pueblo de los judíos) en el signo zodiacal de Piscis que tuvo lugar en los años 7-6 a.C. – considerado hoy el verdadero periodo del nacimiento de Jesús – unido a una supernova, habría sido ese signo astronómico, esa estrella que, unida a una profecía pagana que circulaba fuera del judaísmo como la de Balaan, [un personaje histórico del que hay confirmación fuera de la Biblia, que era un adivino al servicio del rey de Moab que le pide una maldición contra Israel y lo que vaticina es una bendición: “Lo veo, pero no es ahora, lo contemplo, pero no será pronto: Avanza una estrella de Jacob, y surge un cetro de Israel…(Num 24,17)”- ], y a que “Sabemos por Tácito y Suetonio que bullían en el ambiente expectativas según las cuales surgiría en Judá el dominador del mundo, una expectación que Flavio Josefo atribuyó a Vespasiano”, habría hecho deducir a los Magos un evento de importancia universal, el nacimiento en el país de Judá de un soberano que traería la salvación, y con el corazón y la inteligencia abiertos a la verdad hacia allí se encaminaron.

Y hacia allí debemos encaminarnos nosotros, y para eso no hay que dar por supuesto nunca el conocimiento de nuestra fe, y ante un texto como la Biblia, cuyo último y más profundo autor, según nuestra fe, es Dios mismo, merece la pena leerlo, y meditarlo, a la luz del Magisterio de la Iglesia y de la sana y autorizada doctrina, y así podremos, además de conocerla, fortalecerla y crecer en ella, que es lo fundamental, dar adecuada respuesta a aquellos que solo procuran el enredo y la confusión.

A quien quiera recurrir a otro tipo de ¿doctrina?, que tanto abunda, le sugeriría, con todo el cariño, que lea otras cosas, Asimov, por ejemplo; así, al menos, sabrá con certeza qué está leyendo, ciencia ficción.

viernes, 17 de febrero de 2012

Una propuesta diferente



Recoge el video una entrevista de la BBC a Alessio Rastani, quien, presentado como un experto trader de la City londinense, desató la polémica al afirmar que, no solo no le importaba la gravedad de la crisis económica, sino que llevaba soñando con ella varios años porque “…cuando el mercado se hunde, cuando el euro y las grandes compañías se hunden, si sabes cómo hacer lo correcto puedes ganar muchísimo dinero…y creo que cualquier persona puede hacerlo. No solo ciertas personas de la elite.”  

Tardó poco tiempo en descubrirse que no era sino un joven, con tanto desparpajo como afán de protagonismo, que trataba de hacer de su hobby una profesión con su propios y magros recursos, y el video no dejaría de tener su gracia - aunque realmente la tiene que llegara a transmitirse tal entrevista, ¡un golazo!-,  si no fuera porque, aunque Alessio Rastani no era lo que dio a entender y la BBC hizo creer a todo el mundo que era, y sin duda sin pretenderlo, nos da una de las claves que está en el origen de la crisis económica con la que nos invitaba a lucrarnos, cuando nos anima a enriquecernos, aunque sea a costa de los demás, y explica que esa posibilidad ya no está restringida a determinadas elites, sino que cualquier persona puede hacerlo.

Lo extraño es, me parece a mi, que hubiera quien se escandalizara de esa invitación al enriquecimiento como objetivo último del hombre, al que ya me he referido en otras entradas, porque ¿no es eso precisamente lo que ha ocurrido? ¿No es cierto que el problema no ha sido tanto Goldman Sachs como los millones de personas que han pensado que podían enriquecerse fácil y rápidamente y que, lo que ha ocurrido, es que el sistema se ha colapsado por la generalización de esos comportamientos?

El problema no es el mercado o la economía, que no son ni inhumanos ni antisociales por naturaleza, sino la cultura que hay detrás, y por eso decía Samuel Gregg (director de investigaciones del Acton Institute) que “el reciente colapso del mercado de hipotecas subprime en América es en parte atribuible a que literalmente miles de personas mintieron en su solicitud de hipoteca. ¿Hay que extrañarse de que una masiva violación de la prohibición moral de mentir tenga consecuencias económicas devastadoras?”. En el corazón de la economía hay personas, y si a la mentira se añade una cultura extremadamente hedonista, afirma, la gente “…tenderá a tomar decisiones económicas extremadamente hedonistas” que terminan siendo antieconómicas, y no se trata de simplificar, sino de constatar que la crisis tiene profundas raíces morales.

Ya lo dijo muchos años antes Joseph Ratzinger, antes de ser Papa, en un documento de 1985 titulado “Economía, mercado y ética” en el que advertía de una crisis económica en Occidente por la ausencia de ética en la economía, pedía una nueva ética “nacida y sostenida sólo por fuertes convicciones religiosas”, porque sin ellas podría ocurrir “…que las leyes del mercado se derrumbaran”, y sostenía que la economía sin ética se vuelve también antieconómica. Y en ello ha vuelto a insistir en la encíclica Caritas in veritate, en opinión de Brian Griffiths, vicepresidente de Goldman Sachs, “… la respuesta a la crisis financiera más articulada, completa y reflexiva que ha aparecido hasta ahora.”, en la que, al margen de viejos esquemas ideológicos algo maniqueos, y cada vez más obsoletos y pasados de moda que distinguen entre ser de derechas o de izquierdas, progresista o conservador, revolucionario o reaccionario, y contra todos los relativistas, de izquierdas o de derechas, afirma que la economía de mercado no puede basarse en cualquier sistema de valores, sino que para lograr el bien común debe ser apuntalada por el compromiso con ciertos bienes morales básicos y con una cierta visión de la persona humana, "La economía tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento; no de una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona".

Es una encíclica valiente, de lectura aconsejable al margen de la creencia o increencia que cada cual profese, que pone al capitalismo sin alma, artífice de la crisis actual, ante el espejo de la ética, y sale realmente malparado, porque la economía no solo se mueve por el dinero, por la ganancia, que solo es “…útil si, como medio, se orienta a un fin que le dé un sentido, tanto en el modo de adquirirla como de utilizarla. El objetivo exclusivo del beneficio, cuando es obtenido mal y sin el bien común como fin último, corre el riesgo de destruir riqueza y crear pobreza”, y eso es exactamente lo que ha ocurrido. No es posible el desarrollo a partir de un modelo de hombre como individuo cerrado sobre sí mismo, que no debe nada a nadie y solo se preocupa de su propio interés; no es posible el desarrollo cuando se olvida que el hombre está por encima de la economía y que el primer capital que hay que salvaguardar – por medio de la justicia – es la misma persona humana; y no es posible el desarrollo cuando se olvida que la economía debe respetar, como cualquier actividad humana, las reglas de la ética, porque las reglas del mercado solo funcionan cuando se da el consenso moral que las sostiene.

La crisis económica actual nace de un déficit de ética en las estructuras económicas y, sí, es imperativo alcanzar estructuras internacionales financieras y comerciales justas; pero para ello y para promover un desarrollo global integral y sostenible, basado en la centralidad de la persona humana y fundado sobre el principio de la dignidad humana y del valor propio de cada persona son necesarios operadores económicos y agentes políticos que sientan fuertemente en su conciencia la llamada al bien común, y eso no es posible, en definitiva, sin personas honradas, sin hombres rectos, preparados ética y profesionalmente, que actúen con coherencia moral, y con generosidad, conscientes de que no es posible tener todo cuanto se desea, y dispuestos a bajar un escalón, al menos, del nivel adquirido, renunciando a ciertas cosas por responsabilidad respecto al desarrollo integral propio y ajeno, por el bien común.

Es una propuesta diferente, y todos estamos emplazados a responder, porque nadie puede rechazar su parte de responsabilidad en lo que a todos concierne, y porque el ideal de una sociedad liberal en la que no existen valores ni criterios absolutos, y en la que el lucro y el bienestar personal es a lo único a lo que merece la pena aspirar es una especie de nihilismo banal cuyos resultados están demostrando ser muy peligrosos.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Democracia, libertad y objeción de conciencia






El pasado 31 de octubre se cumplió el 11º aniversario de la proclamación por Juan Pablo II de Sto. Tomás Moro como patrón de los políticos y gobernantes, y parece ésta una buena ocasión para tratar acerca del derecho a la objeción de conciencia como garantía de la libertad individual en los regímenes democráticos, y su problemática.

Existe hoy la convicción generalizada de que la democracia no es un sistema perfecto pero es el mejor de los sistemas posibles, el único que consigue la distribución y el control del poder, ofreciendo la mejor garantía contra la arbitrariedad y la opresión, y el mejor aval de la libertad y del respeto a los derechos humanos. Tal vez podría discutirse si el sistema actual, “partidocrático”, sin separación nítida entre poder legislativo y ejecutivo, ni poder judicial independiente, y en el que los partidos aparecen como órganos del Estado financiados por el erario público, con privilegios que no tienen los particulares y concesionarios del monopolio estatal de la acción política, garantiza ese control, pero ese es otro tema, o tal vez no, porque cuando un sistema político con esas taras coincide con determinadas ideologías, los efectos negativos para la libertad suelen multiplicarse, como los problemas para el ejercicio de la objeción de conciencia.

Libertad y contenido. Ideologías.

Es un tema complejo porque, por un lado, el respeto a la libertad del individuo aparece como el más alto fin al que el hombre puede aspirar, y que un régimen democrático debe proteger, y por otro, esa libertad solo puede subsistir en un orden de libertades orientado al bien común y al justo orden público; una libertad individual sin medida ni contenido se anula a sí misma y se convierte en violencia contra los demás, y ese contenido viene determinado por los conceptos de lo justo y lo bueno. El problema es, claro, determinar qué es lo justo y lo bueno, y simplificando un poco se puede decir que hay dos posiciones enfrentadas, de un lado la tesis según la cual hay una verdad ética objetiva, anterior y superior a las instituciones democráticas, que no es el simple producto de la mayoría, sino que la precede e ilumina, y de otro la posición relativista radical que quiere apartar completamente de la política, por considerarlos perjudiciales para la libertad, los conceptos de bien y de verdad, concibe la democracia como un simple entramado de reglas que permite la formación de mayorías y la transmisión y alternancia del poder, y considera que el derecho solo se puede entender de forma puramente política, es decir, justo es lo que los órganos competentes disponen que es justo, es el positivismo jurídico al que ya me referí en otra ocasión.

El concepto moderno de democracia parece estar unido hoy de forma indisoluble al relativismo, que se presenta como garantía de la libertad: no queremos que el Estado nos imponga su idea de lo justo y lo bueno, y a todos no parece razonable que así sea, pero [Joseph Ratzinger, “Verdad, valores, poder”] “¿No se ha construido la democracia en última instancia para garantizar los derechos humanos, que son inviolables?…Los derechos humanos no están sometidos al mandamiento del pluralismo y la tolerancia sino que son el contenido de la tolerancia y la libertad…Eso significa que un núcleo de verdad – a saber, de verdad ética – parece ser irrenunciable precisamente para la democracia.”; detrás del relativismo radical, como apuntaba la Conferencia Episcopal Española en la Instrucción Pastoral “Orientaciones morales ante la situación actual de España”, “se esconde un peligroso germen de pragmatismo maquiavélico y de autoritarismo. Si las instituciones democráticas, formadas por hombres y mujeres que actúan según sus criterios personales, pudieran llegar a ser el referente último de la conciencia de los ciudadanos, no cabría la crítica ni la resistencia moral a las decisiones de los parlamentos y de los gobiernos. En definitiva, el bien y el mal, la conciencia personal y la colectiva quedarían determinadas por las decisiones de unas pocas personas, por los intereses de los grupos que en cada momento ejercieran el poder real, político y económico.”

En el mismo sentido, pero desde la necesaria laicidad del Estado, apunta Martin Rhonhemimer [“Cristianismo y Laicidad”] el riesgo de un laicismo integrista puesto que “…En la medida en que a esa normativa política se le reconoce como normativa moral inapelable se viene abajo la diferencia entre legalidad y legitimidad y se vuelve moralmente legítimo lo que está legal y procedimentalmente justificado…Esta concepción de la laicidad coincide en parte con el viejo mito proto-totalitario de la “volunté générale” creado por Rousseau, según el cual la mayoría siempre tiene razón y la posición minoritaria es errónea y moralmente ilegítima…Desde luego - afirma Rhonhemimer - nadie niega que el principio de legalidad y la corrección procedimental sean valores también morales, porque ciertamente lo son. La cuestión estriba exactamente en que a ese principio y a esa corrección  no se les debe otorgar la categoría de absolutos. Siempre pueden ser aventajados por consideraciones morales de orden superior…”, que pueden existir y deben poder existir como fundamento de una sociedad abierta, laica y democrática.    

Conciencia individual y colectiva. Objeción de conciencia.

Pues bien, es precisamente en este tipo de sociedad, abierta, laica, democrática, compleja, a veces multicultural, y en el que coexisten tan diferentes concepciones sobre lo que eso deba significar, en el que se plantea el problema del reconocimiento, por una lado, de la libertad de conciencia, que es individual, y la existencia, por otro, de una conciencia colectiva, unas creencias compartidas y actitudes morales predominantes que, en ocasiones, se plasma en leyes y reglamentos con vocación de general y obligado cumplimiento; dichas normas suponen una imposición de la colectividad sobre el individuo, limitando su libertad, precisamente porque persiguen el bien común y el justo orden público, o lo que como tal ha sido definido por los órganos competentes, y la objeción de conciencia es la negativa o resistencia a cumplir ese mandato o norma jurídica cuando entra en conflicto con las propias convicciones.

La objeción de conciencia es tan antigua como la compulsión del poder a invadir todos los ámbitos de la vida: Sócrates se suicidó bebiendo “tosigo” (un preparado de cicuta) en cumplimiento de la condena a muerte, acusado de impío por haber situado a su conciencia por encima de la Polis (la Ciudad-Estado); Antígona se ahorcó para no ser enterrada viva en una tumba excavada en la roca, pena impuesta por obedecer a su conciencia y a los dioses, y desobedecido al rey Creonte, enterrando a su hermano Polinices; los mártires cristianos se enfrentaron a terribles torturas y a la muerte por oponerse a leyes que les obligaban a rendir culto al Cesar, la religión de Estado; y Santo Tomás Moro murió decapitado por negarse a reconocer el divorcio que Enrique VIII pretendía por su propia autoridad, dado que el Papa había denegado la nulidad, y rehusar jurar la supremacía del rey y del Parlamento con respecto al Papa.

Las cosas han cambiado y hoy, aunque sigue siendo conflictiva, al menos formalmente se reconoce como un derecho primario, natural, previo a su reconocimiento legal, y que por eso mismo no debe ser conculcado por la Ley, el respeto a la libertad de cada ciudadano para vivir conforme a sus convicciones morales, filosóficas o religiosas, y por eso no es extraño que la posibilidad de objetar – un signo de salud democrática y una auténtica llamada de atención ante eventuales excesos legales - figure entre las garantías jurídicas reconocidas por algunas constituciones occidentales, y que el Art. 10 de la Carta de Derechos Fundamentales de la Unión Europea, después de reconocer que “1. Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión.” reconozca “2… el derecho a la objeción de conciencia de acuerdo con las leyes nacionales que regulen su ejercicio.”

Pero tras ese reconocimiento formal surgen problemas de orden práctico, que están hoy en la base de los conflictos en torno al reconocimiento efectivo del ejercicio de ese derecho: determinar en qué materias se puede o no ejercer ese derecho, porque es cierto que su reconocimiento indiscriminado afectaría a la misma supervivencia del Estado de Derecho, y cómo se puede garantizar desde el Estado.

A este respecto podemos señalar que hay dos doctrinas, que no son necesariamente alternativas en el sentido de que pueden ser aplicadas en el mismo contexto institucional, a diferentes cuestiones, o grupos de cuestiones, y que tratan de dar respuesta a esos problemas: a) La doctrina del coto vedado, según la cual hay materias que atañen  a la ética y a las “formas de vida”, al dominio de lo moralmente sensible, sobre las cuales las mayorías, incluso amplias y reforzadas, no pueden válidamente producir normas imperativas que impongan a los individuos deberes de hacer o de no hacer, aun cuando esos límites al poder legislativo no sean explícitos en las cartas constitucionales, siendo competencia del tribunal constitucional garantizar, en última instancia, el respeto a tales límites por los legisladores; y b) la doctrina de la objeción de conciencia liberal, para la que las mayorías políticas sí pueden producir normas imperativas en esas materias, respetando ciertas condiciones procedimentales, sin embargo, si el contenido de una ley moralmente sensible es el reflejo de un particular punto de vista moral la ley debe contener disposiciones que permitan la objeción de conciencia a los que no la comparten, y si no las contiene, la posibilidad de objetar debe no obstante ser garantizada a través de una interpretación constitucionalmente adecuada de sus disposiciones, o a través de disposiciones aditivas del tribunal constitucional.

Como es fácil de suponer, el éxito de estas garantías es difícil y precario, - Pierluigi Chiassoni -“porque depende básicamente de dos factores, por un lado de la actitud cultural de los operadores jurídicos, y por otro de un poderoso trabajo de elaboración doctrinal y jurisprudencial concerniente a la determinación de las materias específicamente protegidas por el principio de libertad de conciencia.”, y ni la una ni la otra están, a veces, a la altura de lo que tan solemnemente proclaman las Constituciones.

La objeción de conciencia en España.

En España la única regulación explícita de la objeción de conciencia se refiere al servicio militar por la razón evidente de que cuando se promulgó la Constitución en 1978 no existían ni la ley del aborto ni los problemas de conciencia relacionados con la bioética, y la objeción fiscal a pagar impuestos destinados a actividades militares, a trabajar en días festivos para la propia religión, a recibir determinados tratamientos médicos, o a expedir determinados medicamentos, eran cuestiones sin clara trascendencia práctica.

Es a partir de los años 80 cuando estallan esos problemas, como consecuencia de cierta incontinencia legal en el ejercicio del poder desde determinadas concepciones ideológicas, que dan origen a un choque entre la norma legal que impone un hacer y la norma ética o moral que se opone a esa actuación, y se expanden de modo masivo los conflictos de conciencia contra ley; es entonces cuando el Tribunal Constitucional, aunque sin mantener una postura constante, interviene en ejercicio de esa función de garante de los derechos fundamentales y reconoce (SSTC 15/1982 de 23 de abril y 53/1985 de 11 de abril) que la objeción de conciencia es un verdadero derecho constitucional, esté o no regulado en leyes positivas, porque forma parte del derecho constitucional a la libertad ideológica y religiosa  reconocido en el art.16 CE, y por tanto no requiere de un desarrollo legal para ser directamente aplicable.

No está todo tan claro sin embargo, y queda mucho por hacer, y si bien es cierto que hoy no se va a condenar a nadie a morir bebiendo cicuta, emparedado en la roca o decapitado - nuestra sensibilidad occidental reniega de ese tipo de manifestaciones violentas, al menos con las personas “visibles” - el “poder” dispone de otros muchos medios, y los utiliza, para imponer determinadas convicciones en materias “moralmente sensibles”, forzando la libertad y la conciencia de quienes no las comparten, como se ha podido comprobar cuando se ha querido hacer efectivo el ejercicio de este derecho en ámbitos como la Justicia , la MedicinaFarmacia, o la Educación, y a ello no es ajeno un régimen con las taras propias de una  “partidocracia” a que ya nos hemos referido.

Creo que merece la pena recordar en este punto las palabras de Gregorio Peces Barba a propósito del debate constitucional sobre el art. 15 CE [“Todos tienen derecho a la vida y a la integridad física y moral”], que han quedado recogidas en el diario de sesiones para la Historia: “desengáñense sus señorías, todos saben que el problema del derecho es el problema de la fuerza que está detrás del poder político y de la interpretación. Y si hay un Tribunal Constitucional y una mayoría antiabortista, la «persona» impide una ley de aborto.”, y lo  contrario también, por supuesto.

Lo dicho, queda todavía mucho camino por recorrer. Que Sto. Tomás Moro ilumine a nuestros políticos y gobernantes.