domingo, 10 de febrero de 2013

Talibanes


Se hacía eco un periódico, a principios del mes pasado, de la persecución de la que son objeto los cristianos, no en Nigeria, Yemen, Kenia o Bangladesh, sino en un país de nuestro entorno cultural, la civilizada Francia. Bien es verdad que esa persecución no consiste en quemarlos vivos dentro de las iglesias, como en esos otros países - a nuestra delicada (para algunas cosas) sensibilidad occidental le costaría trabajo digerirlo, y difícilmente podrían silenciarlo y mirar para otro lado, como cuando ocurre en esos otros países - pero daba cuenta de que está creciendo de forma inquietante el vandalismo anticristiano, en forma de robos, profanaciones de iglesias, capillas y cementerios, destrucción de belenes y monumentos de carácter religioso, interrupción violenta de celebraciones litúrgicas, y amenazas y agresiones a sacerdotes y religiosos.

No es un fenómeno exclusivo de Francia, en España estamos viviendo un proceso de escalada de violencia anticristiana similar, un proceso que empieza con la ridiculización de la fe y de sus símbolos, desde un “humor” sin límites ni respetos, sigue con la burla contra los sentimientos religiosos de los creyentes (identificados, a veces, con borregos  a merced de una malvada “jerarquía”), y prosigue con ataques verbales, con ataques contra edificios y bienes, y con violencia física contra los creyentes, y aquí ya hemos llegado a este último grado. En efecto, en España hay una violencia anticristiana que se manifiesta en pintadas [“la única iglesia que ilumina es la que arde”, “arderéis como en el 36”, etc. – los acentos son míos -] y sabotajes en multitud de templos, conventos y otros edificios de la Iglesia, destrozo y quema de imágenes, exposiciones blasfemas, interrupción de celebraciones litúrgicas y profanación de capillas, en burlas, amenazas y  agresiones contra los creyentes, además del vertido de toneladas de basura en los confesionarios de El Retiro, durante la visita del Papa en la JMJ 2011 (la imagen del tipo vociferando al oído de una chica corresponde a uno de esos episodios), y está presente en la actividad de determinados grupos como, por ejemplo, los promotores de las llamadas “procesiones ateas” – concepto en sí mismo delirante –, en las que se hace una burla grosera de la Iglesia y de sus símbolos, o, sin ir más lejos, un movimiento de gays y lesbianas que esta pasada Navidad promocionó una forma diferente de vivirla, con “belenes-gays” formados por dos San Josés o por dos Marías, y con unas “reinonas magas”, que ya son ganas de tocar las narices, porque es una agresión incalificable merecedora del más duro reproche de cualquier persona de bien, al margen de sus creencias. Y no se trata de hechos aislados protagonizados por algunos descerebrados, sino de las consecuencias de una cristianofobia que se está cultivando y agitando desde determinadas concepciones políticas, ideológicas y culturales, en las que participan algunos dirigentes políticos, que proponen públicamente, por ejemplo, impedir a los católicos el acceso a cargos públicos o a determinados trabajos (juez, médico…), o exigen – como ha ocurrido recientemente – “colocar un bozal” al obispo de Córdoba, por atreverse a cuestionar la ideología de género (concepto elevado al altar de lo políticamente correcto y, por tanto, incuestionable), y también algunos escritores, periodistas, comunicadores, que arremeten sistemáticamente, desde diferentes medios, contra la Iglesia.

Hay alguno más – entre los escritores, la TV casi no la veo - pero ahora mismo me vienen a la cabeza, por ejemplo, Almudena Grandes, burlándose de la violación de una monja en un artículo en El País, o Arturo Pérez-Reverte, con su permanente reivindicación – directamente, o a través de sus personajes – de “madame guillotine”, y su permanente lamento porque España no quedara anegada por un rio de sangre como el que anegó La Vendee, en Francia, siendo tal su visión sectaria que, cuando se refirió en su columna semanal (“Patente de corso”) al individuo vociferante de la foto, lo criticó como un caso de agresividad machista, de “violencia de género”, y no como lo que es, una muestra de fanatismo intolerante relacionado con las creencias, no con el sexo.

Después, ¿cómo nos puede extrañar que algún descerebrado ponga por obra lo que otros proclaman desde sus particulares púlpitos? Ya ha habido agresiones físicas a sacerdotes y religiosos, y hace tan solo unos días, el pasado 7 de febrero, mientras daba forma a estas líneas, desactivaron un artefacto explosivo, con doscientos gramos de pólvora y un kilo de clavos como metralla, que estaba colocado en un confesionario de la Catedral de la Almudena (Madrid), en la que, por cierto, poco antes de que lo desactivaran, estaba una de mis hijas junto a sus compañeras de viaje de estudios.

Este es el panorama, y lo resumía muy bien un amigo que, no hace mucho, en Twitter, se atrevió a recoger unas palabras de Benedicto XVI en las que atacaba el capitalismo financiero desregulado, poniéndolo al mismo nivel que el terrorismo y la criminalidad organizada - declaraciones nada sorprendentes para quienes conocen un poco la doctrina social de la Iglesia - y al que le cayó de todo solo por atreverse a citar al Papa; "hay mucho talibán" me decía,  y es rigurosamente cierto.

Hay muchotalibán” que, en nombre de la tolerancia, actúa de modo absolutamente intolerante contra quienes mantienen posiciones distintas a lo “políticamente correcto” del momento, pretendiendo obligar a admitir como buenos valores y prácticas con los que se discrepa; la creencia en la verdad se considera peligrosa, salvo la creencia en relativismo que, en profunda contradicción, sí se presenta como una verdad absoluta, y se parte de un laicismo integrista – un fundamentalismo laico en definitiva, similar a los fundamentalismos religiosos – que se entiende a sí mismo y al mundo de forma omnicomprensiva, anulando toda distinción entre poder y moralidad excluyendo la posibilidad de que existan criterios de valor objetivos independientes del ejercicio práctico del poder político, según los cuales pueda enjuiciarse el ejercicio del poder, y aceptando como criterio único de moral y de justicia a aquellas instancias laicas sometidas al control del proceso político, y solo en la medida en que forman parte del mismo. Y es que, ahora, presumimos de liberales y tolerantes, pero sigue existiendo la tentación de algunas ideologías de convertir al Estado, al poder político, en instancia de autoridad suprema “espiritual” con capacidad de decir a los ciudadanos qué debemos creer y qué debemos pensar; de hecho una gran parte de la historia de las ideas políticas de la modernidad, y de nuestra historia más reciente, se explica desde esta perspectiva, llevada a la práctica a través del “decisionismo” del poder político, con la complicidad de esa “intelectualidad” que ataca de forma inmisericorde a quienes, como la Iglesia, se oponen a la pretensión de resucitar el Leviatán de Hobbes, representado por esa figura terrible y gigantesca que, asumiendo en cada mano los dos poderes, el temporal y el espiritual, representados por la espada y el báculo, apenas deja margen al libre albedrío y a la libertad individual.

“No es misión del Estado traer la felicidad a la humanidad. – decía Joseph Ratzinger - Ni es competencia suya crear nuevos hombres. Tampoco es cometido del Estado convertir el mundo en un paraíso y, además, tampoco es capaz de hacerlo. Por eso, cuando lo intenta, se absolutiza y traspasa sus límites. Se comporta como si fuera Dios, convirtiéndose – como muestra el Apocalipsis – en una fiera del abismo, en poder del Anticristo.” Y es que cuando se habla de fundamentalismos se suelen identificar con los religiosos, y se olvida que también puede haber fundamentalismos o integrismos laicistas, que ya han demostrado de lo que eran capaces en el genocidio de La Vendee, en la Shoah o en el Holodomor, por citar algunos hechos históricos, y que es ese mismo laicismo integrista el que está detrás de esa cristianofobia a que me he referido, obviando que, aun cuando siempre ha habido y habrá discrepancias y tensiones entre la Iglesia y el Estado - es inevitable por la auto comprensión que ambos tienen de sí mismos - la relación entre ambos ha sido muy fructífera, única en la historia de la civilización, y condición de posibilidad de un Estado laico. 

Los seres humanos, en definitiva, no somos átomos independientes, pertenecemos a una sola familia humana, y ni debemos conformarnos con una tolerancia que consista en que creyentes y no-creyentes nos limitemos a soportarnos, de mala gana o resentidos, ni podemos permitir ni requerir la resolución de esas diferencias e inevitables tensiones por el “decisionismo” de un poder político autoerigido en instancia suprema; hemos de intentar un ejercicio de tolerancia que consista no solo respetarnos, que es lo mínimo, sino incluso en enriquecernos con las diferencias. Así lo propone Jürgen Habermas, - nada sospechoso - cuando afirma que El concepto de tolerancia en sociedades pluralistas concebidas liberalmente no solo considera que los creyentes, en su trato con los no creyentes y con creyentes de distintas confesiones, son capaces de reconocer que lógicamente siempre va a existir cierto tipo de disenso, sino que por otro lado también se espera la misma capacidad de reconocimiento – en el marco de un cultura política liberal – de los no creyentes en su trato con los creyentes… La neutralidad cosmovisiva del poder estatal, que garantiza las mismas libertades éticas para todos los ciudadanos, es incompatible con la generalización política de una visión del mundo laicista. Los ciudadanos secularizados, en cuanto que actúan en su papel de ciudadanos del Estado, no pueden negar por principio a los conceptos religiosos su potencial de verdad, ni pueden negar a los conciudadanos creyentes su derecho a realizar aportaciones en lenguaje religioso a las discusiones públicas. Es más, una cultura liberal política puede incluso esperar de los ciudadanos secularizados que participen en los esfuerzos para traducir aportaciones importantes del lenguaje religioso a un lenguaje más asequible para el público en general.”

Pues eso, ¿talibanes?, ¡no, gracias!, pero de ningún tipo.